Reflexiones sobre el Desierto Florido


El fenómeno natural llamado Desierto Florido es, por decirlo menos, llamativo. En lugares donde la aridez impone sus reglas, ver ese brote de esperanza que emerge bajo la tierra es una perfecta metáfora sobre la paciencia de saber esperar el momento propicio para florecer.

Ha sido tema en medios nacionales y redes sociales. El periodismo, al cual por título estoy ligado, ha sacado los ya acostumbrados titulares rimbombantes. De estar en ejercicio, hubiese elegido algo así: El Desierto Florido más grande la historia de la humanidad antes de que los Dinosaurios pisaran las flores.

Como muchos chilenos, y extranjeros, también recorrí algunos kilómetros en mi fiel vehículo (Jimmy, para los amigos). Buscaba retratar la explosión de color y vida. Acá pueden ver las fotos de ese viaje.

Averigué vía internet, y algunos conocidos, puntos interesantes. Todos coincidían en que los manchones de color más llamativos y extendidos estaban al lado de la carretera, en las cercanías del peaje de Totoral, entre Vallenar y Copiapó. Hacienda Castilla, era un nombre que se repetía y del que tomé nota.

Tras varios kilómetros a cuestas, manejando hasta un poco antes de Chañaral, pude certificar lo que decían. Grandes manchones fucsia cubrían los cerros, con matices en amarillo y blanco. Mi destino fotográfico sería el sector antes mencionado.

La mayoría de la gente estacionaba a un costado de la carretera, y con el celular hacía su registro. Para mi esa no era alternativa, necesitaba caminar por cerros y senderos en busca del mejor ángulo. Un letrero anunciaba “Hacienda Castilla” y mi entusiasmo entonces se incrementó.

Pero no duró mucho. Un letrero de recinto privado mató la magia. Y uno más terminó por sepultarla.

EL FLORECIMIENTO PRIVADO

La escena es ésta: Yo estacionado a un costado de la carretera. A mi derecha y a mi izquierda, impresionantes manchones color fucsia. Entre los manchones y mi posición, largas y eternas cercas, sin acceso peatonal ni vehicular. A la derecha, 4 o 5 líneas de torres de alta tensión en medio de las flores. A mi izquierda, una (o dos) línea de torres y dos carteles de “Hacienda Castilla” propiedad privada.

Lo confieso, me angustié. Fue imposible no empezar a reflexionar sobre lo que observaba y todo el caótico fervor informativo que había estallado en el mundo del internet.

Una mujer funada hasta el hartazgo por cortar flores o una reacción de ribetes nucleares por el aterrizaje de aviones en medio de las flores. Ambas, por cierto, situaciones total y absolutamente condenables. No nos perdamos en eso. Pero…

¿No merece un escándalo incendiaro descubrir que una gran parte de los terrenos en donde se desarrolla el fenómeno están privatizados?

¿No merece una funa monumental las torres que aplastan las flores por cientos?

Logré ingresar a ambos costados de la carretera, buscando caminos muy escondidos e ignorando letreros. Al parecer, nadie se sintió ofendido con mis actos pues permanecí un par de horas haciendo fotos, sin mayores contratiempos.

Pero en el fondo me sentía tocado, abatido. Tenemos un país hermoso, rico en variedad de paisajes y naturaleza, pero del que cada día somos menos dueños. Cierran lagos, ríos, montañas y playas. Y también cierran el desierto florido. Y lo aplastan, generando un daño que ni siquiera es medible con el impacto que dejaron los aviones al aterrizar.

Algunos argumentarán que existen otros puntos, como Llanos de Challe u otros sectores de acceso más “libre”. Pero no me conformo con la naturaleza confinada en un espacio reducido, como si fuera un memorial al aire libre que nos recuerda lo que alguna vez hubo en grandes cantidades, de manera natural.

Debemos partir queriendo lo nuestro. Y la fotografía es una excelente herramienta para ello. Conocer para proteger, el primer paso. Pero luego debemos aprender a respetarlo y cuidarlo. La Conaf denunciaba graves daños en Llanos de Challe tras el 18 de septiembre. Y no fueron avionetas, ni torres de alta tensión los culpables.

Espero que la misma fuerza condenatoria que se usó para las personas que cortan las flores, y las ya ultra mencionados avionetas, sea volcada a defender lugares de claro valor medio ambiental de la privatización y la destrucción por la instalación de estructuras humanas que atentan contra el paisaje natural.

No se entienda esto como una crítica puntual hacia Hacienda Castilla o quienes instalan las torres. Esto es mucho más amplio. Creo que debemos hacer una proyección seria y sincera como país de hacia dónde estamos caminando, qué lugares deben ser preservados a cualquier costo y cuáles pueden ser considerados zonas de sacrificios.

Si usted sacá una foto, viajó o detuvo su auto para disfrutar del hermoso espectáculo, estoy seguro que estará de acuerdo con mi visión.

*** Esta columna ha sido redactada para su publicación en www.imaginariocolectivo.info

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